• fernandapiedra

¿Estás en control de tu vida gastronómica?



Hoy quería compartir con ustedes mi experiencia personal en relación a una alimentación consciente y ecoamigable; esto es algo que entiendo yo como el ámbito gastronómico de mi vida. En algún minuto, ese ámbito operaba en modo piloto automático. Pero fueron sucediendo distintos eventos que me obligaron a inspeccionar, examinar, verificar, revisar, comprobar y contrastar todo lo que conocía hasta el momento. Me he animado a escribir estas palabras porque en mi familia el control aludido nos ha acercado a la naturaleza y sus ritmos. También nos ha hecho apreciar y disfrutar del momento de comer. Además, estamos al tanto de todo lo que implica tal o cual elección culinaria. Y en definitiva, nos ha traído mucha felicidad. Y la felicidad hay que comunicarla, ¿o no?


La verdad es que creo que todos necesitamos de ese vínculo con la tierra y sus regalos porque nos hace enfocarnos en lo que es verdaderamente importante. Y quizás uno de los aspectos más cruciales -que Bonnie Leclerc explica de forma entretenida en su libro Reestablecer-, es que la digestión, donde juega un rol fundamental la microbiota, es capaz de influir directamente en nuestro estado de ánimo, lo cual a su vez nos puede sanar o enfermar, junto a otros factores del estilo de vida. ¿No es acaso esto asombroso?


Yo sólo puedo invitarlos ahora a hacer una revisión de los hábitos del día a día que tienen que ver con la comida, pero está en cada uno tomar la iniciativa para hacer cambios positivos. ¡Yo estaría muy feliz de acompañarlos en ese camino!


Hace algún tiempo, yo estaba muy preocupada de un sistema de moda lento, que pagara sueldos justos a los trabajadores en lugares como Bangladesh o China. Un sistema que no estuviera adicto a las tendencias, sino que fuera hecho para durar. También pensaba en los niños al otro lado del mundo que estaban empleados en la industria, y me parecía terrorífico. La contaminación del fast-fashion incluía ríos, mares, y familias completas en India. Escribía de esto en mi blog 1, 2, 3 Ojo de Águila, hace un poco más de 10 años. Habían marcas de moda rápida que lucraban en base a todo lo anterior -y todavia lo hacen-, y si bien en un principio estaba embobada con los precios bajos y el diseño por lo cual ellas se caracterizaban, cuando supe cómo era el real backstage, tomé un paso al lado y lo quise denunciar. Entonces recurrí a la ropa de segunda mano. Pero que nadie viniera a opinar ni criticar mi forma de alimentación, porque se trataba de mi decisión personal y de mis papilas gustativas.


Así es que yo consumía productos empaquetados sin preguntarme acerca del origen de los mismos, sus ingredientes impronunciables o el trato que recibían los trabajadores o los animales de la empresa fabricante. Tampoco pensaba a dónde iba a parar el packaging. No cuestionaba tampoco el azúcar. No estaba informada sobre los nutrientes que estaba (o no) consumiendo. Masticaba cada bocado un par de veces, y luego tragaba. No me importaba si lo que estaba adquiriendo iba a apoyar a productores locales o si estaba financiando una gran corporación que estaba destruyendo el bosque en Malasia o la selva Amazónica. La huella hídrica o de carbono de los alimentos, era algo que no estaba en mi radar. Frecuentaba restoranes y puestos de comida sin distinción. Las bebidas gaseosas en lata y el agua en botella de plástico eran algo común, especialmente cuando hacía calor, porque la idea de tomar agua simple me parecía aburrida. El café con leche que me hinchaba terriblemente, era parte de la rutina. Vivía con jaquecas. Las bebidas energéticas me acompañaban en los momentos que me sentía cansada. En casa usaba el hervidor eléctrico como si la matriz energética de nuestro país fuera abastecida de energías limpias. Si en algún momento me di un banquete en que literalmente ya no me podía mover, recurrí a una pastilla llamada hepatalgina como recomendación de un familiar.


Entremedio de todo lo anterior, nos casamos con Tomás y nuestro hijo Clemente nos cambió para siempre. Él nos regaló entre otras cosas, la consciencia de nuestro impacto en el mundo. Alrededor de los 6 meses de vida de nuestro niño, me pareció muy loco que los pañales desechables tomaran 500 años en desintegrarse. Y de alguna manera en esa época, supe de Béa Johnson, fundadora del movimiento zero waste y autora del libro Zero Waste Home. En este post pueden revisar de qué trata, pero básicamente, el estilo de vida cero residuos nos desafió como familia a evaluar nuestras decisiones de compra del día a día. Entendimos la urgencia de hacer algo así, y comprendimos que era algo que estaba al alcance de la mano. No teníamos que partir a defender los osos polares al Ártico -lo cual está muy bien para los que pueden hacer algo así-, sino que era algo que podíamos hacer desde la comodidad del hogar. Así que no lo dudamos, y lo intentamos. En ese tiempo lancé una segunda plataforma digital, llamada Miel magazine, y ahí fui compartiendo estos descubrimientos. Esto me sirvió para autoeducarme sobre el aceite vegetal de palma, el BPA, y otros ingredientes y materiales tóxicos que son parte de la vida del siglo XXI.


Viviendo en Londres con Tomás y nuestro primogénito, me vi obligada a cortar, picar, rallar, pelar, hervir, hornear y dorar sin ayuda de nadie. Durante ese tiempo, comenzó a ejercer sobre mí, una gran atracción la dieta vegetariana, por lo diferente a lo que estaba acostumbrada. Trabajé en The Dry Goods Store porque era uno de los pocos locales zero waste que habían por esos días. La dueña del local, mi jefa y amiga Yasmeen Patel, me mostró muchos libros interesantísimos sobre el reino vegetal foodie (aún cuando ella no era veggie), y organizamos cook book clubs en su tienda. Yasmeen además estaba estudiando Naturopatía y supe de Ella Mills, una compañerita de su curso, quien está detrás de Deliciously Ella, una de las marcas plant-based más influyentes de UK. De otro lado, me la pasé en mercaditos y en el impresionante Borough Market, donde la diversidad de frutas y verduras no tiene paralelo. Simultáneo a lo anterior, nos fuimos educando con Tomás sobre la cría intensiva y el consumo de animales y sus derivados, y su relación con el cambio climático. Nos conmovió a tal punto, que decidimos de un momento a otro, adoptar el veganismo. Fue algo de alinear nuestras acciones con nuestros pensamientos y valores. Mi sentido del olfato se agudizó, las jaquecas desaparecieron. Aprendimos a preparar desde cero tahini, hummus, pesto, leche y mantequillas de todo tipo de frutos secos, panqueques, granola y chia pudding, no sin antes echar a perder o quemar algo en el proceso. Oops. Pero empezamos a conocer y probar hortalizas a las cuales antes no nos hubiéramos acercado. Fuimos a un festival vegano donde nos sorprendimos con la innovación de los expositores. Invertimos en libros y revistas sobre el tema. Después trabajé en The Detox Kitchen, un servicio de delivery y cadena londinense donde la oferta tenía un foco en plantas, y era libre de azúcar, trigo y lácteos. Así que ya van entendiendo las raíces de Relmu Deli...


Con mucha frecuencia vamos probando en casa nuevos platos a base de plantas y nos continuamos sorprendiendo. La comida es indulgente y deliciosa, nos hace sentir bien, ligeros, pero satisfechos, aligeramos nuestra huella de carbono y además impresiona a familia y amigos. El cambio no fue de un día para otro.


Tomar el control de mi vida gastronómica ha sido un proceso, y me ha permitido informarme sobre el origen y la producción de los alimentos, como también aprender habilidades y técnicas, lo cual a su vez ha contribuido a mejorar la alimentación de mi familia, al mismo tiempo que protegemos al medio ambiente. Nos dimos cuenta de la interconexión que existe en el suelo, los seres vivientes, las prácticas culturales y el impacto de las elecciones de alimentación en el planeta. Sentimos un gran respeto y admiración por grupos indígenas que han sabido mantener una relación armónica con la naturaleza, quienes toman de ella lo que necesitan. Sentimos empatía por los animales, y queremos que vivan en paz, sin ningún "día malo". Cuando nos sentamos a la mesa, tratamos de usar todos nuestros sentidos cuando nos alimentamos. La compostera y el reciclaje es parte de nuestra vida, y no podríamos volver atrás. Cuando nuestros hijos tienen sed, piden agua, y ahora estoy contenta que así sea.


¿Y tú, estás en control de tu vida gastronómica?

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